jueves, 4 de noviembre de 2010

CAPITULO 5

Tal y como había pensado aquella risa picarona se borró de su cara. Yo no podía parar de reírme, pero sus ojos impactantes mirando a los mios, hizo que parará de reír. Sí, efectivamente acababa de darle una bofetada a Raúl. No me importaba mucho como reaccionaría. La verdad creo que se quedo sin palabras.
-¿Tu no te cortas nada, eh? Vamos si a ti te apetece pegarme pues me pegas. Que chica más valiente que eres.- dijo Raúl mientras tenía sus manos en mi cintura.
-No, no me cortó en nada, ¿algo que alegar?. Y sí, si me apetece algo lo hago, a eso se le llama un chica impulsiva, no valiente. Aunque valiente lo soy, cuando hay que serlo.- dije mientras intentaba quitar las manos de Raúl de mi cintura, aunque no tuvo ningún resultado, él no quito sus manos de mi cintura.
-No nada que alegar, señorita. Me parece genial que seas impulsiva, me encantan las chicas que hacen lo que quieren cuando quieren. Pero, a veces no hay que ser valiente- dijo agarrándome más fuerte de la cintura, mientras se acercaba a mi, poco a poco.
-Pues yo odio a los chicos que lo creen que lo saben todo el primer día que conocen a alguien, y que son unos chulitos mujeriegos, que cambian de chica como de calcetines, ¿te queda claro? ¿es que acaso te tengo que tener miedo?- dije, cuando porfin pude quitar sus manos de mi cintura, y mientras daba dos pasos para atrás.
-¿Piensas que soy así?- dijo mientras veía como me separaba de el suavemente.
- Sí lo pienso, ¿es que acaso no es verdad?- dije.
-La verdad es que no te puedo llevar la contraria en eso, pero puedo cambiar- dijo mientras finalmente se dio la vuelta y se fue.
Me quedé mirando como se alejaba. No sabia como actuar, otra vez. Me quedé en estado de sock.
Me senté en un barco, que gracias a dios tenía cerca de mi, en ese instante. Decidí volver a mi pueblo y mañana volvería para poder ver a mi abuela.
Llegué a mi casa agotada, había sido un día largo, duro y muy movido. Me quedé dormida en el sofá, me despertó el ruido del teléfono de casa. Serían las 10 de la mañana, lo averigüe por los rayos del sol, que entraban al salón.
-¿Digame?- dije cuando contesté al teléfono.
-Hola hija, soy yo-dijo mi madre.
-Hola mamá, ¿que tal todo por allí?- dije.
-Tirando... pero no me puedo quejar la verdad es que todo bastante bien. ¿Y tú?- contestó mi madre.
-Muy bien mamá, me estoy adaptando bastante bien a este pueblo. Por cierto ayer fui a ver a los abuelos.-dije
-¿Así? Que bien cariño, y ¿como están?- dijo.
-El abuelo fenomenal y a la abuela no la pude ver, voy a ir hoy haber si puedo verla, ya que ayer no estaba en casa - dije mientras miraba por la ventana el magnífico día que hacia hoy.
-Ah vale, muy bien cariño.- dijo
-Mamá te noto rara, ¿pasa algo?- contesté angustiada por la voz de mi madre.
-Bueno... te llamaba para decirte que me han dado los resultados del médico - dijo casi llorando y con tono de asustada.
-¿Y que dice, los resultados?- dije mientras no paraba de moverme de un lado a otro del salón.
-Que al final si que tengo cáncer...- dijo mientras lloraba.
Se me calló una lágrima por la mejilla, no me podía creer lo que acaba de escuchar.
-Cariño, ¿estas ahí?- dijo mi madre por el teléfono.
No puede responder, simplemente colgué el teléfono sin despedirme. Estos son esos momentos en los que necesitas a alguien que te consuele, que te ayude a levantarte de aquel gran tropiezo. Pero como en ese momento no tenía a nadie, tuve que levantarme yo sola ,aunque no lo conseguí.
Salí corriendo de mi casa. Sin mi bolso, simplemente llevaba mi chaqueta en la que llevaba mi móvil, unos pañuelos y alguna calderilla del día anterior.
Cogí el primer autobús, y fui otra vez a casa de mis abuelos necesitaba apoyo. Cuando llegué pasé por la plaza del día anterior, en la que debería encontrarse Raúl pero no estaba. Me senté en aquel banco frío rodeado con hojas que se había caído de los árboles. No podía para de llorar, hasta que sentí que algo me tocaba el hombro. Me giré, y vi a Raúl.
-¿Qué te pasa preciosa?- dijo mientras se sentaba junto a mi.
Lo miré fijamente a los ojos y le abracé fuertemente. Mientras él me acariciaba el pelo y me consolaba. Había conseguido alguien que me levantase de aquel tropiezo y ese era Raúl.

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